Trébol: La triple verdad

La hoja de trébol y el ramo de azahar

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    Trébol: La triple verdad

    En el siglo XIII de nuestra Era la Reconquista de la Península Ibérica había alcanzado ya una etapa decisiva, irreversible, con la conquista del reino musulmán de Córdoba, la perla occidental del poderoso Islam. Todavía quedarían doscientos años más de victorias, derrotas y pactos, hasta librar totalmente a España del poder de la Media Luna. Pero mientras eso tendría lugar en los campos de batalla, en las tierras recién reconquistadas se dirimían otras lides no tan cruentas. Los monarcas cristianos, nuevos señores de campos, ciudades y castillos, no contaban con suficientes súbditos cristianos para poblarles. Debían recurrir a los vencidos musulmanes y a los perseguidos judíos, para evitar el desierto en sus campos y el éxodo de sus ciudades. Y se vieron obligados a promulgar leyes y fueros magnánimos que les retuvieran, para que continuaran labrando la gleba, cuidando la cabaña, profesando los gremios artesanos, prestigiando a concejos y cabildos y salvando las finanzas. Pero esto no fue suficiente. Fue necesario, también, hacer una llamada a todos los demás reinos cristianos peninsulares y europeos, para que enviaran súbditos que repoblaran las tierras conquistadas, grandes extensiones fronterizas, asoladas por las incesantes contiendas, y tierra de nadie durante siglos. El norte cristiano respondió, entonces, generosamente. Astures, cántabros, navarros, incluso gentes transpirenaicas, acudieron a la llamada y erigieron nuevos asentamientos en la ensanchada geografía castellana, o bien ocuparon los ya abandonados por quienes prefirieron seguir a sus soberanos derrotados a tierras del reino de Granada o de Sevilla.
    La mezcla que sobrevino, entonces, de razas, credos y ciencias debía amasarse con autoridad y al mismo tiempo con prudencia, buscando siempre la convivencia y el respeto mutuo. Había que encauzar aquella riqueza cultural y doctrinal que tanta admiración recibía de toda Europa. Y Toledo supo aunar las tres culturas, superando resistencias e incomprensiones de propios y extraños. La voluntad política de Don Fernando III y del Arzobispo Don Rodrigo Ximénez de Rada, apodado el toledano, hicieron ver a Roma que aquella “maldita mixtura”, como los papas dieron en llamar a la conjunción pacífica de los tres credos, podría estar incluso bendecida por Dios, que es Alá y Yaveh.

    La rendición de Córdoba y el retorno a Compostela a hombros de musulmanes de las campanas, que Almanzor había llevado a la mezquita alhama a hombros de cristianos, es el recurso narrativo de que se sirve el autor para ir presentando capítulo tras capítulo los episodios que van urdiendo el rico mosaico de razas, lenguas y creencias. Toledo será el lugar donde ese mosaico lucirá con destellos que atraerán al mundo occidental. Toledo se erigió, entonces, en cuna de un resurgir cultural, que se adelantó al Renacimiento que despertó siglos después al resto de Europa.

    El autor ha conseguido crear la ambientación necesaria para la actuación de los personajes, algunos de ellos, históricos, les ha arropado con su indumentaria auténtica de la época, nos ha recordado sus costumbres y ha recreado los escenarios siguiendo crónicas y escudriñando la historia. El relato resulta así fidedigno, ficción que toda narración exige.

    TRÉBOL no puede ser encuadrada en el género de novela histórica, porque es bastante más. Es una tesis novelada. Su argumento tiende desde el principio a mostrar el hermanamiento histórico y divino de los tres pueblos del Libro. Su razón de ser histórico religiosa nace del mismo tallo de la Revelación para diferenciarse, después, en tres ramas, al discrepar sobre la identidad del mensajero divino: Moisés, Cristo o Mahoma. Una misma fuente y tres cauces, pretendiendo la supremacía de su verdad.

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    Trébol: La triple verdad

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